viernes, 14 de junio de 2013

DESPEDIDA

La mezcla resulta desconcertante, la suite para violoncello de Bach junto al gris recalcitrante que se asoma mortecino a través de la ventana de mi despacho. El par representado por la música y los tonos fríos del paisaje que me circunda en este viernes aciago parecen hablarme de despedida.
¿Despedida?
Las despedidas más sonadas me recuerdan a algunas conversaciones en alguna calle de Barcelona, en algún banco de Madrid o incluso en alguna estación de metro de París, pero en realidad, ninguna de esas trágicas despedidas fueron despedidas de verdad. Con ello aprendí que lo trágico, como lo épico, no es más que amaneramiento, como las ubicaciones de esos momentos en mi memoria; poses forzadas.
—Me voy. —Decimos para que alguien intente retenernos.
Y es que cuando alguien quiere irse, se va.
A veces confundimos la despedida con el adiós definitivo, y en ese sentido las despedidas auténticas jamás se hacen frente al ser del cual uno se despide, tal como sucede con ciertas muertes violentas; la despedida en ese sentido es algo que uno se dice a sí mismo, es un momento en el que sabe que ya no va poder pedir nada más a aquel ser (ex-petere).
Pero sin duda, para mí, las peores despedidas son aquellas encubiertas, aquellas que se producen cuando alguien nos dice:
—Voy a estar ahí siempre, si me necesitas no tienes más que decírmelo.
¿Acaso no nos está diciendo esa persona que se va?
Los espartanos lucían largas melenas que peinaban antes de la batalla para enaltecer lo que ellos llamaban eukleès o kalòs thánatos, la bella muerte. En realidad una cuestión amanerada y estética, querían presentarse bien acicalados ante la muerte. La próxima vez que se me pase por mientes hacer caso a quien me tienda su mano me peinaré y acicalaré, uno nunca sabe lo que puede llegar a suceder, no vaya a ser que la batalla interior que representa una despedida me coja como al dios Marte de Velázquez, en paños menores.

                                                                                                                      Francis García Collado