lunes, 16 de diciembre de 2013

HOJE CHOVE (HOY LLUEVE)

En el prefacio a Pedagogia da esperança de Paulo Freire Leonardo Boff le atribuye al primero la frase: "mais importante que saber é nunca perder a capacidade de aprender".

Ahora, aquí, en Belo Horizonte, rodeado de más de dos millones de árboles de distintas especies la sensación de ignorancia me asola. Únicamente logro agruparlos en función de la intensidad del color verde. Un color colmado que hace que parezca que el viento se entretuviera a redibujarles las siluetas a esos árboles cuya intensidad, en Barcelona, únicamente tienen los que se esconden de las carreteras.

En mi ciudad, los árboles urbanos, apenas parecen un anciano decrépito con muletas para los que los alcorques que los rodean se convierten en abrevaderos de sus desvalidos y enclenques huéspedes que no parecen más que sobrevivir. Lugar en el que esperan a la parca, apoyados a un taca taca de acero que impide que los perros orinen en sus piernas callosas, frágiles y enfermas.

En Belo Horizonte, la ciudad, pese a sus inmensos edificios, no da la sensación de estar enterrada en el gris inherente a las ciudades al que Brusatin atribuye como color propio del siglo XX y XXI. Aquí la vividez, el vigor de los árboles, abraza a los edificios y los oculta. Jamás había visto que los armazones de cemento, los ventanales y balcones de una ciudad se pudieran ver intimidados por la fuerza de la naturaleza. Del color violeta de las quaresmeiras o las jacarandá, al amarillo de las sennas, hasta el rojo de las... no he logrado saber el nombre de esas flores que copan los árboles como si de adornos navideños se tratasen. Flores que junto a las inmensas espitas de los coqueiros, altísimas palmeras han instalado una extraña sensación en mi.

Aquí de nuevo me asalta la frase atribuída a Freire. Y es que todavía más importante me parece, no tanto el saber, de nombres de arbustos y árboles, sino la capacidad de aprender, y no nos confundamos, aprender no significa ir directamente a las fuentes, sino que la sed que mana de nuestro propio vivir nos permita experimentar la pura vivencia -que no se debe confundir con la ingenua por imposible creencia en la vivencia pura- que es la única que puede hacer que las cosas tengan sentido en uno mismo y para uno mismo.

Debemos andarnos con cuidado, si no nos bastan nuestras experiencias, igual como sucede con la conciencia, vendrá algún otro a decirnos qué debe agradarnos y que debemos detestar.

¿Me permiten una curiosidad? Estuve buscando en una librería de Belo Horizonte obras de Paulo Freire. Busqué en la sección de pedagogía, filosofía, incluso en psicología y sociología... finalmente pedí ayuda a un librero, él no sabía donde podía encontrarlo, tras consultar en el ordenador me acompañó a un estante a ras de suelo, le agradecí el gesto, me levanté y miré el nombre de la sección:

Religiaõ

Cuando la vida se torna una cuestión divina, ¿dónde queda lo humano? Pensé. Sin embargo recordé a Agamben, religión no es la relación entre lo humano y lo divino, sino el relegere, el volver a leer...
De nuevo el aprendizaje. El consejo, no hay que enseñar a Freire, hay que repetir a Freire. Repetirlo en términos freudianos, id est, moverse con la misma fuerza que el fue conducido, pero no para ser Freire o alguien similar...

Al final, lo más importante es que de camino a casa volví a verme sacudido por el verde de los árboles, y la lluvia que en este diciembre tropical me permite sonreír por lo vivido y dejar que alguna lágrima se descuelgue por mis mejillas y que cualquiera pueda pensar al cruzarse conmigo, se mojó el turista con la lluvia... y es que hoje chove y sí, claro que estoy bien, pero estáis tan lejos.



Francis García Collado