En
el prefacio a Pedagogia da esperança de Paulo Freire Leonardo
Boff le atribuye al primero la frase: "mais importante
que saber é nunca perder a capacidade de aprender".
Ahora,
aquí, en Belo Horizonte, rodeado de más de dos millones de árboles
de distintas especies la sensación de ignorancia me asola.
Únicamente logro agruparlos en función de la intensidad del color
verde. Un color colmado que hace que parezca que el viento se
entretuviera a redibujarles las siluetas a esos árboles cuya
intensidad, en Barcelona, únicamente tienen los que se esconden de
las carreteras.
En
mi ciudad, los árboles urbanos, apenas parecen un anciano decrépito
con muletas para los que los alcorques que los rodean se convierten
en abrevaderos de sus desvalidos y enclenques huéspedes que no
parecen más que sobrevivir. Lugar en el que esperan a la parca, apoyados a un
taca taca de acero que impide que los perros orinen en sus piernas
callosas, frágiles y enfermas.
En
Belo Horizonte, la ciudad, pese a sus inmensos edificios, no da la
sensación de estar enterrada en el gris inherente a las ciudades al
que Brusatin atribuye como color propio del siglo XX y XXI. Aquí la
vividez, el vigor de los árboles, abraza a los edificios y los
oculta. Jamás había visto que los armazones de cemento, los
ventanales y balcones de una ciudad se pudieran ver intimidados por
la fuerza de la naturaleza. Del color violeta de las quaresmeiras o
las jacarandá, al amarillo de las sennas, hasta el rojo de las... no
he logrado saber el nombre de esas flores que copan los árboles como
si de adornos navideños se tratasen. Flores que junto a las inmensas
espitas de los coqueiros, altísimas palmeras han instalado una
extraña sensación en mi.
Aquí
de nuevo me asalta la frase atribuída a Freire. Y es que todavía
más importante me parece, no tanto el saber, de nombres de arbustos
y árboles, sino la capacidad de aprender, y no nos confundamos,
aprender no significa ir directamente a las fuentes, sino que la sed
que mana de nuestro propio vivir nos permita experimentar la pura
vivencia -que no se debe confundir con la ingenua por imposible
creencia en la vivencia pura- que es la única que puede hacer que
las cosas tengan sentido en uno mismo y para uno mismo.
Debemos
andarnos con cuidado, si no nos bastan nuestras experiencias, igual
como sucede con la conciencia, vendrá algún otro a decirnos qué
debe agradarnos y que debemos detestar.
¿Me
permiten una curiosidad? Estuve buscando en una librería de Belo
Horizonte obras de Paulo Freire. Busqué en la sección de pedagogía,
filosofía, incluso en psicología y sociología... finalmente pedí
ayuda a un librero, él no sabía donde podía encontrarlo, tras
consultar en el ordenador me acompañó a un estante a ras de suelo,
le agradecí el gesto, me levanté y miré el nombre de la sección:
Religiaõ
Cuando
la vida se torna una cuestión divina, ¿dónde queda lo humano?
Pensé. Sin embargo recordé a Agamben, religión no es la relación
entre lo humano y lo divino, sino el relegere, el volver a
leer...
De
nuevo el aprendizaje. El consejo, no hay que enseñar a Freire, hay
que repetir a Freire. Repetirlo en términos freudianos, id est,
moverse con la misma fuerza que el fue conducido, pero no para ser
Freire o alguien similar...
Al
final, lo más importante es que de camino a casa volví a verme
sacudido por el verde de los árboles, y la lluvia que en este
diciembre tropical me permite sonreír por lo vivido y dejar que
alguna lágrima se descuelgue por mis mejillas y que cualquiera pueda
pensar al cruzarse conmigo, se mojó el turista con la lluvia... y es
que hoje chove y sí, claro que estoy bien, pero estáis tan
lejos.
Francis
García Collado
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