jueves, 20 de julio de 2017

Homenaje entre versos y capotes


Je est un autre escribía en uno de sus versos el poeta Arthur Rimbaud. Yo es (un) otro traduciría con el riesgo de traición e imprecisión que ello conlleva. Pero en cuanto a la poesía todos debemos asumir nuestros propios riesgos. Quién ya no lee o no ha leído poesía no sabe lo que quiero decir pero siempre está a tiempo de hacerlo. El riesgo al que me refiero es el de entrar en unos senderos simbólicos enmarañados que tocan las teclas de nuestros miedos y pasiones, el riesgo de sumergirse en cadenas de palabras que despiertan ensoñaciones desconocidas e imposibles de compartir. El riesgo al que me refiero es el de encontrar a ese yo al que todo el mundo dice conocer y del que huye a diario en un mundo acelerado y superficial. La poesía no es como la prosa y aún menos como la televisión, el personaje principal siempre es uno mismo y va por tanto dirigida como una saeta al corazón para desgarrarte y dejarte ovillado como un niño a la espera de cobijo y calor humano.

Empecé a leer poesía precisamente porqué Je est un autre, porqué eso que llamamos yo no es una substancia pura sino una jarapa hecha de retales formada por la interacción con aquellas personas que nos han marcado en algún momento queramos o no. En mi caso, si eso que llamo Yo empezó a leer poesía es porqué cuando tenía la edad que ahora tiene mi hijo, con esos 7 años que esponjan el ambiente para empaparse de todo, buscaba en los anaqueles de una pequeña biblioteca alguna excusa para sentarme y estar sin hacer ruido al lado de “El Guigui”, mi tío, mientras él leía o estudiaba, así lo recuerdo. Ese Yo diminuto que fui sabía que para compartir la calma que su presencia me transmitía tenía que agarrar un libro, así que aún rompiendo el encanto diré que mi relación con los libros empezó siendo la de una excusa, excusa que me servía para estar cerca de una persona que me despertaba una curiosidad inusitada.

Esa memoria que todo lo altera y da forma a su antojo a las vivencias viene a decirme con un marcado margen de error que mi primera excusa/libro fue el Romancero gitano de Lorca. Todavía me conmuevo al recordar a ese niño que era Yo que vió llegar a la luna con su polisón de nardos y gritaba para sus adentros sin entender nada:

Huye, luna, luna, luna,
que ya siento sus caballos

En ese momento miraba hacia el sofá y veía a mi tío sentado y me sentía protegido ante tal amenaza seguro de que él podría detener con su capote a los caballos y a quien fuera menester.

Recuerdo que durante años cambié el segundo piso en el que vivía por el ático en el que vivían mis tíos para pasar ratos con él. Me hice seguidor con su complicidad de una de las series de dibujos animados más duras que recuerdo: La familia Robinson así como también recuerdo como la estantería que había en la escalera del dúplex atrapaba poco a poco mi curiosidad valiéndose de la colección de Premios Nobel de literatura. Allí descubrí quién era Alfred Nobel y establecí una relación que sigue instalada a fuego en mi mente entre cultura y violencia que jamás he podido borrar y que, como guiño al padre de estos premios, diré que dinamitó mi niñez y mi manera de ver y entender el mundo.

Pero sin duda mi niñez viene marcada por otro poeta de la generación del 27: Rafael de León. Los versos de este hacían que en mi cabeza se abriera todo un espectáculo cuando mi tío, con su elegancia y porte, se levantaba y con una mirada transformaba a los que estamos con él en meros espectadores solo con una frase entonada y una mirada farandulera:

Chis... chis...!
Perdone “usté” caballero.
¿Quiere “usté” darme candela?
¡Mil grasias!


Lo que quiero decir tiene que ver con la inmortalidad, y es que ahora que “El Guigui” se ha ido y pese a mi marcado agnosticismo no puedo hablar de almas debo recordar la intuición de los griegos arcaicos que decían que la psique (el alma) era un eidolon (una imagen) que hacía que la persona siguiera viva presente en la mente de los otros mientras alguien le siguiera recordando.

No te preocupes Guigui, no te preocupes. Como decía el verso de Rimbaud si Yo es (un) otro en cuanto a mi se refiere te veo cada vez que veo un libro de Lorca, y aún más, ese yo de retales que Yo como cualquiera también soy tiene una de sus facetas más importantes marcada por tu estoque.


El niño que fui, el niño que somos en momentos de vacío y tristeza no quiso hablar en tu funeral, quería ser niño y llorarte como tal, con “la Io”, la Tata, “el Quiqui” y “el Alva”. Pero una semana después debía volver el adulto, el racional. Decirte adiós como lo mereces y como agradecimiento a esa semilla de la poesía que tanto me embarga y sobre todo porque me lo pidió mi prima en tu funeral y el niño que soy no supo corresponderle porqué cuando le gritaba a la Luna que huyera no había capote donde esconderme de los gitanos anunciados por cascos de caballos. Y tampoco encontré la diminuta mesa roja de la habitación de "La Io" cuyo mantel llegaba al suelo y bajo la que nos escondíamos muertos de miedo jugando al leopardo feo... Cosas de niños, y como tal me siento en la pérdida y por eso escribo.

No como decía María Zambrano para defender mi soledad tal como acostumbro, en este caso para
para combatir mi vacío. 
 
¿Sabes lo que pasó? Que nos faltabas tu para pedir candela porqué :

El farolero que ensiende
esta callejuela
parese que sa dormío,
no es sitio mu de mi gusto
tan solo...tan escondío...
¡como pa llevarse un susto!

Y menudo susto, pero ahora que sé que:
En ese Yo que es (un) otro está tu presencia
pues que no sea para tanto,
corneta, clarín y pasadoble
que avanzo en grata compañía.

De ti aprendí amor al verso
y a saber que la vida...
está para ser vivida!

 

lunes, 16 de diciembre de 2013

HOJE CHOVE (HOY LLUEVE)

En el prefacio a Pedagogia da esperança de Paulo Freire Leonardo Boff le atribuye al primero la frase: "mais importante que saber é nunca perder a capacidade de aprender".

Ahora, aquí, en Belo Horizonte, rodeado de más de dos millones de árboles de distintas especies la sensación de ignorancia me asola. Únicamente logro agruparlos en función de la intensidad del color verde. Un color colmado que hace que parezca que el viento se entretuviera a redibujarles las siluetas a esos árboles cuya intensidad, en Barcelona, únicamente tienen los que se esconden de las carreteras.

En mi ciudad, los árboles urbanos, apenas parecen un anciano decrépito con muletas para los que los alcorques que los rodean se convierten en abrevaderos de sus desvalidos y enclenques huéspedes que no parecen más que sobrevivir. Lugar en el que esperan a la parca, apoyados a un taca taca de acero que impide que los perros orinen en sus piernas callosas, frágiles y enfermas.

En Belo Horizonte, la ciudad, pese a sus inmensos edificios, no da la sensación de estar enterrada en el gris inherente a las ciudades al que Brusatin atribuye como color propio del siglo XX y XXI. Aquí la vividez, el vigor de los árboles, abraza a los edificios y los oculta. Jamás había visto que los armazones de cemento, los ventanales y balcones de una ciudad se pudieran ver intimidados por la fuerza de la naturaleza. Del color violeta de las quaresmeiras o las jacarandá, al amarillo de las sennas, hasta el rojo de las... no he logrado saber el nombre de esas flores que copan los árboles como si de adornos navideños se tratasen. Flores que junto a las inmensas espitas de los coqueiros, altísimas palmeras han instalado una extraña sensación en mi.

Aquí de nuevo me asalta la frase atribuída a Freire. Y es que todavía más importante me parece, no tanto el saber, de nombres de arbustos y árboles, sino la capacidad de aprender, y no nos confundamos, aprender no significa ir directamente a las fuentes, sino que la sed que mana de nuestro propio vivir nos permita experimentar la pura vivencia -que no se debe confundir con la ingenua por imposible creencia en la vivencia pura- que es la única que puede hacer que las cosas tengan sentido en uno mismo y para uno mismo.

Debemos andarnos con cuidado, si no nos bastan nuestras experiencias, igual como sucede con la conciencia, vendrá algún otro a decirnos qué debe agradarnos y que debemos detestar.

¿Me permiten una curiosidad? Estuve buscando en una librería de Belo Horizonte obras de Paulo Freire. Busqué en la sección de pedagogía, filosofía, incluso en psicología y sociología... finalmente pedí ayuda a un librero, él no sabía donde podía encontrarlo, tras consultar en el ordenador me acompañó a un estante a ras de suelo, le agradecí el gesto, me levanté y miré el nombre de la sección:

Religiaõ

Cuando la vida se torna una cuestión divina, ¿dónde queda lo humano? Pensé. Sin embargo recordé a Agamben, religión no es la relación entre lo humano y lo divino, sino el relegere, el volver a leer...
De nuevo el aprendizaje. El consejo, no hay que enseñar a Freire, hay que repetir a Freire. Repetirlo en términos freudianos, id est, moverse con la misma fuerza que el fue conducido, pero no para ser Freire o alguien similar...

Al final, lo más importante es que de camino a casa volví a verme sacudido por el verde de los árboles, y la lluvia que en este diciembre tropical me permite sonreír por lo vivido y dejar que alguna lágrima se descuelgue por mis mejillas y que cualquiera pueda pensar al cruzarse conmigo, se mojó el turista con la lluvia... y es que hoje chove y sí, claro que estoy bien, pero estáis tan lejos.



Francis García Collado 

martes, 1 de octubre de 2013

EL ALIMENTO DE LOS MUERTOS

Se han cerrado tantos ciclos, se han abierto tantas simas... y tus ojos se abren y cierran, tartamudean. Y yo que no entiendo más que a aquellos que hablan estirando los brazos y tendiéndome las alas no puedo más que pensar en una mañana de junio de hace tantos años... menudo septiembre más aciago... me digo en voz alta, gritando tan alto como me permite esta Times sin negrita ni adornos varios.

E aquí una prueba de la imprecisión de "la parla" a nivel objetivo. Pero parafraseando a Lacan, aquí diré que: "Yo digo toda la verdad."

Que los muertos.

Que los.

Que.

Qué?

A sí, los muertos, he conocido a tantos muertos...

Y como sucedía en un conocido sueño interpretado por Freud, ellos no sabían que habían fallecido.

Lo peor de los muertos sin duda es ese miedo primitivo que despierta en los vivos, miedo que consiste en creer que el muerto puede querer llevárselos consigo al más allá. Pero eso se debe a que en la mayoría de los casos los vivos no saben que los muertos les temen.

Miren, en caso de que quieran poder distinguir si aquellos que les rodean están o no están muertos recuerden esta sentencia de Elias Canetti (2010. Libro de los muertos. p, 38):


            Los muertos se alimentan de juicios; los vivos, de amor.


                                                                                                               Francis García Collado

viernes, 20 de septiembre de 2013

ZOON KOSMETIKÓN

Desde hace siglos la medicina y la política se han encargado de marcar los márgenes de la normalidad; si la primera lo hace con el cuerpo humano, la segunda con el cuerpo del Estado. Sin embargo, no es eso lo que me sorprende, sino esa especie de obnubilación que padecen tanto creyentes como ateos; una tremenda ceguera que consiste en no poder desprenderse de lo que viene a llamarse la episteme judeo-cristiana: lo que hace que unos y otros se vean afectados, sin percatarse de ello, por valoraciones morales coercitivas cuyo origen se encuentra en las señaladas religiones.

¿De dónde si no el conformismo que emana del siguiente fragmento?

"Si les normes sociales pouvaient être aperçues aussi clairement que des normes organiques, les hommes seraient fous de ne pas s’y conformer." (Canguilhem, Georges. (2006: 194) Le normal et le pathologique. Paris : PUF)"(Si las normas sociales pudieran ser percibidas con la misma claridad que las normas orgánicas, los hombres estarían locos de no conformarse)."

La afirmación de Canguilhem pertenece a la política ficción, del mismo modo que pensar que los hombres se conforman con sus cuerpos pertenece a la medicina-ficción.

¿Acaso conocen a alguien que habite en su cuerpo atendiendo las exigencias orgánicas sin rebelarse?

Vivir es rebelarse contra las limitaciones del propio cuerpo, enfrentarse a las huellas que deja en nosotros el paso del tiempo mediante el uso de cosméticosZo; un periplo que va desde el simple gesto de anudarse la corbata o pintarse los labios, a aumentarse los pechos, operarse la nariz o someterse a un implante de cadera.

Es el conformismo lo que sin duda parece de locos.Tal vez Aristóteles debería haber definido al hombre como un zoon kosmetikón.

                                                                                              Francis García Collado 

viernes, 14 de junio de 2013

DESPEDIDA

La mezcla resulta desconcertante, la suite para violoncello de Bach junto al gris recalcitrante que se asoma mortecino a través de la ventana de mi despacho. El par representado por la música y los tonos fríos del paisaje que me circunda en este viernes aciago parecen hablarme de despedida.
¿Despedida?
Las despedidas más sonadas me recuerdan a algunas conversaciones en alguna calle de Barcelona, en algún banco de Madrid o incluso en alguna estación de metro de París, pero en realidad, ninguna de esas trágicas despedidas fueron despedidas de verdad. Con ello aprendí que lo trágico, como lo épico, no es más que amaneramiento, como las ubicaciones de esos momentos en mi memoria; poses forzadas.
—Me voy. —Decimos para que alguien intente retenernos.
Y es que cuando alguien quiere irse, se va.
A veces confundimos la despedida con el adiós definitivo, y en ese sentido las despedidas auténticas jamás se hacen frente al ser del cual uno se despide, tal como sucede con ciertas muertes violentas; la despedida en ese sentido es algo que uno se dice a sí mismo, es un momento en el que sabe que ya no va poder pedir nada más a aquel ser (ex-petere).
Pero sin duda, para mí, las peores despedidas son aquellas encubiertas, aquellas que se producen cuando alguien nos dice:
—Voy a estar ahí siempre, si me necesitas no tienes más que decírmelo.
¿Acaso no nos está diciendo esa persona que se va?
Los espartanos lucían largas melenas que peinaban antes de la batalla para enaltecer lo que ellos llamaban eukleès o kalòs thánatos, la bella muerte. En realidad una cuestión amanerada y estética, querían presentarse bien acicalados ante la muerte. La próxima vez que se me pase por mientes hacer caso a quien me tienda su mano me peinaré y acicalaré, uno nunca sabe lo que puede llegar a suceder, no vaya a ser que la batalla interior que representa una despedida me coja como al dios Marte de Velázquez, en paños menores.

                                                                                                                      Francis García Collado

domingo, 2 de diciembre de 2012

INSONDABLE

Cuando años atrás oteé desde el puente de Santa Cristina el horizonte de San Sebastián, los efluvios pestilentes que emanaban del río Urumea me conminaron a bajar la mirada; a dejar de lado mi pose sobria, un tanto altanera, fruto del desdén que me acompañó durante buena parte de mi vida. Una vez allí, para intentar parecer impertérrito ante el resto de transeúntes que pasaban a mis espaldas indiferentes, me dispuse a lanzar al agua dos terrones de azúcar envueltos en un papel ajado, procedentes del café que acababa de tomar y que todavía conservaba en mi mano un tanto sudorosa.

De manera aparentemente automática, pero con todo un dispositivo bien estudiado, con mucha parafernalia me centré y concentré en aparentar la tranquilidad y autonomía que no disfrutaba en ese instante. Rasgué lentamente el papel que cubría el azucarillo mientras miraba de soslayo a ambos lados, y a la ausencia de curiosidad de los viandantes, se sumaron los pestilentes aromas que seguían golpeando mis fosas nasales. De modo que acabé por lanzar sendos terrones con toda la violencia contenida que alguien puede expresar contra tan diminutas víctimas. En ese momento, ora como manchas negras ora como relumbres de plata, los peces se desplazaban raudos por esas aguas, en cuyo fondo se intuían los restos de algún paraguas hecho jirones y alguna silla blanca repleta de desconchones y marcados lunares de óxido. Desconozco la razón, pero siempre hay alguna silla descascarillada en las orillas de los ríos de tránsito urbano.

De ese instante, únicamente conservo una idea confusa, según la cual, el Urumea se muestra infinito, inmenso, cosa que hoy, a mi regreso a la ciudad, se ha puesto de manifiesto como una fantasía guiada por la pestilente presencia de los vapores procedentes del río, que hicieron que antaño, prestara menos atención de la que me habría gustado para captar la extensión de su aguas.

Esta mañana de viernes, hastiado, detenido sobre el puente, ha sucedido la situación inversa. A la incapacidad de levantar la mirada y permanecer hierático, se ha sumado mi profusa búsqueda de las manchas sombreadas que forman los grupos de peces que se han ido sumando a mi particular magdalena de Proust, la cual había sido elaborada a base de detritos, moho y un terrible hedor a humedad que he imaginado abriéndose paso a borbotones por mi cerebro. En ese instante he levantado la mirada, y sí, en esta ocasión he podido otear el horizonte, admirar la fragilidad del hombre que a ciencia cierta ya no seré, cosa que supongo debo atribuir a la traducción del recientemente fallecido Agustín García Calvo de la sentencia de Heráclito que dice:
En unos mismos ríos entramos y no entramos, estamos y no estamos. (Diels-Kranz, Fragmente der Vorsokratiker, 22 B12).
De nuevo el agua, y que esta se escriba ur en euskera evoca ese otro ur, en este caso germano, que remite al origen, al principio, a lo primitivo.
Me digo que en realidad, agua y origen son inseparables. Pero ¿cual es el origo fontium? Es decir, ¿cual es el origen de la fuente de la que mana dicho supuesto par inseparable?

Ahora entiendo que hacen todas esas sillas y paraguas en el fondo de los ríos, todo hombre que se precie, ante el hedor de de ese (y esa) Ur (vanitas) que transita a lo largo de las ciudades únicamente puede o bien sentarse a contemplar el espectáculo o intentar resguardarse bajo un paraguas para protegerse de posibles salpicaduras provenientes del agujero al que toda fuente debe su existencia.
En un burdo ademán contra-plotiniano me digo que el origen de la existencia de una fuente no tiene nada que ver con ella misma, dado que toda fuente brota de una obertura por mínima que sea.
Para que exista una fuente previamente debe existir un agujero.

Así lo expresó pictóricamente Gustave Courbet en su L'origine du monde.
La existencia es, pues, un agujero;
insondable.
Francis García Collado 

miércoles, 21 de noviembre de 2012

DIOSES Y RATAS


¿Han visto como actúan las ratas? Se acercan a los lugares desangelados, maltrechos, atraídas no por la pobreza sino por la podredumbre, por las montañas de escombros, por los efluvios de la descomposición de los alimentos hacinados en bolsas de basura. Para estos animales, el hedor característico de los restos de comida podrida y agusanada es el indicativo de la cercanía de la civilización, y entre los restos de la pantagruélica cornucopia de lo habitado por el hombre, intentan dar con algún manjar exquisito olvidado por éste. Así, las ratas, al oler los desechos, hunden sus hocicos para dar con esos más o menos suculentos alimentos esparcidos por el territorio humano.

Los dioses, a diferencia de las ratas, prefieren deleitarse con los vapores que ascienden procedentes de las piras de sacrificio levantadas por sus fieles, así como por las ofrendas de cirios e incienso que colman de un extraño olor dulzón las iglesias. Desde la burla prometeica tolerada por Zeus, a partir del instante en que este escogió, a sabiendas, el monto ideal para llevar a cabo un castigo ejemplar contra el hombre, los manjares expuestos en los altares se descomponen para liberar sus esencias y elevarlas hasta las narices de los olímpicos (Así lo explica Hesíodo cuando habla del mito de Prometeo). 

En ese instante, los dioses sempiternos, se yerguen delicadamente hasta adquirir la pose digna de su estirpe: toman aire y de manera pausada pero con fervor, inflan el pecho, ensanchan su envergadura de hombros y, con una ligera inclinación del rostro, dejan la barbilla casi alineada con uno de los hombros hasta que ésta queda elevada unos centímetros por encima de éste.

Cuando esto sucede, se produce el mismo estado de excitación que sienten las ratas ante la presencia de montañas de basura, dado que tanto los dioses como las ratas detectan la presencia del hombre y eso indica la proximidad del alimento. Mientras los roedores excavan hundiendo sus diminutos cuerpos para dar con los restos más sabrosos olvidados por el hombre, los dioses ventean como un perdiguero y se alegran al saber que el hombre sigue ahí, que sigue venerándolo pese a no ofrecerle las mejores viandas.

De modo que cuando el hedor nos hace bajar la cabeza buscamos aquello digno de ser aprovechado, mientras que cuando esos mismos efluvios nos hacen elevar la cabeza, entonces, únicamente podemos respirar lo que aquellos seres que consideramos inferiores han decidido ofrendarnos.

¿Quién es el animal?, ¿Quién es la deidad?

Ambos sienten cerca la presencia del hombre, para uno el peligro consiste en ser descubierto y aplastado, para el otro, en que alguien se percate de la vulnerabilidad de los dioses y deje de servirle ofrendas.

Si el hombre se va, las ratas le seguirán hasta dar de nuevo con su basura,

¿Sabrán los dioses agachar la cabeza como las ratas y al ser abandonados por el hombre intentarán dar de nuevo con sus restos?

¡Ay!, dignidad, qué cruel es con aquellos que la buscan, pero cuánto más con aquellos que dicen poseerla.
Francis García Collado