Je est un autre escribía en uno
de sus versos el poeta Arthur Rimbaud. Yo es (un) otro traduciría
con el riesgo de traición e imprecisión que ello conlleva. Pero en
cuanto a la poesía todos debemos asumir nuestros propios riesgos.
Quién ya no lee o no ha leído poesía no sabe lo que quiero decir
pero siempre está a tiempo de hacerlo. El riesgo al que me refiero
es el de entrar en unos senderos simbólicos enmarañados que tocan
las teclas de nuestros miedos y pasiones, el riesgo de sumergirse en
cadenas de palabras que despiertan ensoñaciones desconocidas e
imposibles de compartir. El riesgo al que me refiero es el de
encontrar a ese yo al que todo el mundo dice conocer y del que huye a
diario en un mundo acelerado y superficial. La poesía no es como la
prosa y aún menos como la televisión, el personaje principal
siempre es uno mismo y va por tanto dirigida como una saeta al
corazón para desgarrarte y dejarte ovillado como un niño a la
espera de cobijo y calor humano.
Empecé a leer poesía precisamente
porqué Je est un autre,
porqué eso que llamamos yo no es una substancia pura sino una jarapa
hecha de retales formada por la interacción con aquellas personas
que nos han marcado en algún momento queramos o no. En mi caso, si
eso que llamo Yo
empezó a leer poesía es porqué cuando tenía la edad que ahora
tiene mi hijo, con esos 7 años que esponjan el ambiente para
empaparse de todo, buscaba en los anaqueles de una pequeña
biblioteca alguna excusa para sentarme y estar sin hacer ruido al
lado de “El Guigui”, mi tío, mientras él leía o estudiaba, así
lo recuerdo. Ese Yo diminuto que fui sabía que para compartir la
calma que su presencia me transmitía tenía que agarrar un libro,
así que aún rompiendo el encanto diré que mi relación con los
libros empezó siendo la de una excusa, excusa que me servía para
estar cerca de una persona que me despertaba una curiosidad
inusitada.
Esa
memoria que todo lo altera y da forma a su antojo a las vivencias
viene a decirme con un marcado margen de error que mi primera
excusa/libro fue el Romancero gitano
de Lorca. Todavía me conmuevo al recordar a ese niño que era Yo que
vió llegar a la luna con su polisón de nardos y gritaba para sus
adentros sin entender nada:
Huye,
luna, luna, luna,
que ya
siento sus caballos
En ese
momento miraba hacia el sofá y veía a mi tío sentado y me sentía
protegido ante tal amenaza seguro de que él podría detener con su
capote a los caballos y a quien fuera menester.
Recuerdo
que durante años cambié el segundo piso en el que vivía por el
ático en el que vivían mis tíos para pasar ratos con él. Me hice
seguidor con su complicidad de una de las series de dibujos animados
más duras que recuerdo: La familia Robinson
así como también recuerdo como la estantería que había en la
escalera del dúplex atrapaba poco a poco mi curiosidad valiéndose
de la colección de Premios Nobel de literatura. Allí descubrí
quién era Alfred Nobel y establecí una relación que sigue
instalada a fuego en mi mente entre cultura y violencia que jamás he
podido borrar y que, como guiño al padre de estos premios, diré que
dinamitó mi niñez y mi manera de ver y entender el mundo.
Pero
sin duda mi niñez viene marcada por otro poeta de la generación del
27: Rafael de León. Los versos de este hacían que en mi cabeza se
abriera todo un espectáculo cuando mi tío, con su elegancia y
porte, se levantaba y con una mirada transformaba a los que estamos
con él en meros espectadores solo con una frase entonada y una
mirada farandulera:
Chis...
chis...!
Perdone
“usté” caballero.
¿Quiere “usté” darme candela?
¡Mil grasias!
¿Quiere “usté” darme candela?
¡Mil grasias!
Lo que
quiero decir tiene que ver con la inmortalidad, y es que ahora que
“El Guigui” se ha ido y pese a mi marcado agnosticismo no puedo
hablar de almas debo recordar la intuición de los griegos arcaicos
que decían que la psique
(el alma) era un eidolon
(una imagen) que hacía que la persona siguiera viva presente en la
mente de los otros mientras alguien le siguiera recordando.
No te
preocupes Guigui, no te preocupes. Como decía el verso de Rimbaud si
Yo es (un) otro en cuanto a mi se refiere te veo cada vez que veo un
libro de Lorca, y aún más, ese yo de retales que Yo como cualquiera
también soy tiene una de sus facetas más importantes marcada por tu
estoque.
El niño que fui, el niño que somos en momentos de vacío y tristeza no quiso hablar en tu funeral, quería ser niño y llorarte como tal, con “la Io”, la Tata, “el Quiqui” y “el Alva”. Pero una semana después debía volver el adulto, el racional. Decirte adiós como lo mereces y como agradecimiento a esa semilla de la poesía que tanto me embarga y sobre todo porque me lo pidió mi prima en tu funeral y el niño que soy no supo corresponderle porqué cuando le gritaba a la Luna que huyera no había capote donde esconderme de los gitanos anunciados por cascos de caballos. Y tampoco encontré la diminuta mesa roja de la habitación de "La Io" cuyo mantel llegaba al suelo y bajo la que nos escondíamos muertos de miedo jugando al leopardo feo... Cosas de niños, y como tal me siento en la pérdida y por eso escribo.
No como decía María Zambrano para defender mi soledad tal como acostumbro, en este caso para
para combatir mi vacío.
¿Sabes
lo que pasó? Que nos faltabas tu para pedir candela porqué :
El
farolero que ensiende
esta callejuela
parese que sa dormío,
no es sitio mu de mi gusto
tan solo...tan escondío...
¡como pa llevarse un susto!
esta callejuela
parese que sa dormío,
no es sitio mu de mi gusto
tan solo...tan escondío...
¡como pa llevarse un susto!
Y
menudo susto, pero ahora que sé que:
En ese
Yo que es (un) otro
está tu presencia
pues
que no sea para tanto,
corneta,
clarín y pasadoble
que
avanzo en grata compañía.
De ti
aprendí amor al verso
y a
saber que la vida...
está
para ser vivida!