miércoles, 21 de noviembre de 2012

DIOSES Y RATAS


¿Han visto como actúan las ratas? Se acercan a los lugares desangelados, maltrechos, atraídas no por la pobreza sino por la podredumbre, por las montañas de escombros, por los efluvios de la descomposición de los alimentos hacinados en bolsas de basura. Para estos animales, el hedor característico de los restos de comida podrida y agusanada es el indicativo de la cercanía de la civilización, y entre los restos de la pantagruélica cornucopia de lo habitado por el hombre, intentan dar con algún manjar exquisito olvidado por éste. Así, las ratas, al oler los desechos, hunden sus hocicos para dar con esos más o menos suculentos alimentos esparcidos por el territorio humano.

Los dioses, a diferencia de las ratas, prefieren deleitarse con los vapores que ascienden procedentes de las piras de sacrificio levantadas por sus fieles, así como por las ofrendas de cirios e incienso que colman de un extraño olor dulzón las iglesias. Desde la burla prometeica tolerada por Zeus, a partir del instante en que este escogió, a sabiendas, el monto ideal para llevar a cabo un castigo ejemplar contra el hombre, los manjares expuestos en los altares se descomponen para liberar sus esencias y elevarlas hasta las narices de los olímpicos (Así lo explica Hesíodo cuando habla del mito de Prometeo). 

En ese instante, los dioses sempiternos, se yerguen delicadamente hasta adquirir la pose digna de su estirpe: toman aire y de manera pausada pero con fervor, inflan el pecho, ensanchan su envergadura de hombros y, con una ligera inclinación del rostro, dejan la barbilla casi alineada con uno de los hombros hasta que ésta queda elevada unos centímetros por encima de éste.

Cuando esto sucede, se produce el mismo estado de excitación que sienten las ratas ante la presencia de montañas de basura, dado que tanto los dioses como las ratas detectan la presencia del hombre y eso indica la proximidad del alimento. Mientras los roedores excavan hundiendo sus diminutos cuerpos para dar con los restos más sabrosos olvidados por el hombre, los dioses ventean como un perdiguero y se alegran al saber que el hombre sigue ahí, que sigue venerándolo pese a no ofrecerle las mejores viandas.

De modo que cuando el hedor nos hace bajar la cabeza buscamos aquello digno de ser aprovechado, mientras que cuando esos mismos efluvios nos hacen elevar la cabeza, entonces, únicamente podemos respirar lo que aquellos seres que consideramos inferiores han decidido ofrendarnos.

¿Quién es el animal?, ¿Quién es la deidad?

Ambos sienten cerca la presencia del hombre, para uno el peligro consiste en ser descubierto y aplastado, para el otro, en que alguien se percate de la vulnerabilidad de los dioses y deje de servirle ofrendas.

Si el hombre se va, las ratas le seguirán hasta dar de nuevo con su basura,

¿Sabrán los dioses agachar la cabeza como las ratas y al ser abandonados por el hombre intentarán dar de nuevo con sus restos?

¡Ay!, dignidad, qué cruel es con aquellos que la buscan, pero cuánto más con aquellos que dicen poseerla.
Francis García Collado 

domingo, 18 de noviembre de 2012

EXAMEN


Hace unos días un conocido se aferraba a la idea según la cual su asistencia a un curso de acceso universitario para mayores de 25 años tenía como objetivo ponerse a prueba mediante la realización del examen oficial. En su actitud parece pasarse por alto que el examen lo pone el sistema educativo al servicio de la norma reguladora y que, por tanto, no responde a un antojo individual, razón por la que tal vez sea preferible no dejarse llevar por la falsa o inocente creencia según la cual el examen es una suerte de reto que se pone uno mismo.

Si eso fuera así entonces ¿por qué copiar? ¿por qué realizar la prueba mirando los apuntes de soslayo?

Miren, no es esta una cuestión moral, me parece perfecto que los alumnos copien, precisamente porque se encuentran obligados a realizar esos exámenes, en su mayoría, infumables; el problema radica en confundir el ponerse a prueba con el pasar la prueba: ¿se imaginan a un monje que únicamente se entregue a la realización de ejercicios ascéticos cuando se siente vigilado?

La diferencia entre ponerse a prueba y un examen podría ser la siguiente: mientras que la primera goza de la voluntad de un individuo que desea ejercitarse para conocer sus límites, la segunda, responde a la tarea encomendada por la voluntad general a la que el examen representa; cuestión que consiste en discriminar y dictar la aptitud o no en base a una norma. En definitiva, que el examen es un regulador.

Si apruebas, eres apto y por ende, puedes acceder a la universidad, de lo contrario te quedas fuera; ese es el resultado que se obtiene del examen en cuestión. No es de extrañar que el objetivo de dicha prueba de aptitud sea un cedazo a través del cual permitir adscribir un sujeto a la normalidad, sobre todo no lo es, si atendemos a la siguiente curiosidad:
se denomina examen a la aguja que, en el centro, indica el peso de la balanza y equilibra los platillos. (San Isidoro de Sevilla. Etimologías. Madrid: B.A.C. 2004 (p, 1145)).
Si dejamos de lado al santo y dirigimos nuestros pasos al libro Vigilar y castigar, en él encontramos que casualmente, el autor escribe sobre el examen en un capítulo titulado “Los medios del buen encauzamiento”. También en dicha obra se atribuye como objetivo del nacimiento del examen, el erigirse como una más entre otras técnicas al servicio de la jerarquía que vigila y a las de la sanción que normaliza.

Y, no, no creo que haya que demonizar a los exámenes, en ese punto también estoy de acuerdo con el autor:
Hay que cesar de describir siempre los efectos de poder en términos negativos: “excluye”, “reprime”, “rechaza”, “censura”, “abstrae”, “disimula”, “oculta”. De hecho, el poder produce; produce realidad. Michel Foucault. Vigilar y castigar. México: Siglo XXI editores, 2001 p, 198).
Que nadie se confunda, los exámenes son necesarios, gozan de una clara intencionalidad: marcar la norma; lo que Foucault califica como producir realidad.

En todo caso podría aceptar que uno se pusiera a prueba mediante una prueba calcada de la original pero cuya nota no tuviera valor oficial, dado que entonces, sí queda claro que uno se plantea un reto a sí mismo, se ejercita, practica...
Lo más curioso es que la explicación que esgrimía mi conocido provenía de la desmotivación que sentía al realizar los exámenes sin repercusión oficial (pese a ser calcos de éste), cosa que pretendía utilizar, supongo, para justificar su suspenso.

En algunos casos confundimos la ascesis con la penitencia; si no que vengan y se lo expliquen a un amigo que lleva un tiempo más que prudente conduciendo moto y ahora por motivos varios está obligado a presentarse una y otra vez a... ¿cómo llamarlo? ¿a su ascesis?

No, no, llamémoslo por su nombre: a examen, es decir, a pasar por el aro, menuda penitencia...

Francis García Collado .

miércoles, 14 de noviembre de 2012

UN GESTO


Fijémonos en como decimos adiós: estiramos el brazo dejándolo ligeramente flexionado, lo que denota cierta contención que disimula nuestras emociones. Movemos la mano a uno y otro lado de manera un tanto apocada, en lo que parece un gesto sin sentido. Sin embargo, esa acción corresponde a los restos, a la ya depurada gesticulación de un conato tan natural como es el de intentar agarrar algo. 

Asimismo podemos observarlo en la reacción de un niño ante la presencia de un objeto que desea poseer.Es decir, que cuando un niño quiere algo que no está a su alcance, estira el brazo mientras abre y cierra de manera compulsiva la mano, en lo que es un claro intento de prensión, de intentar agarrar el objeto de su deseo. 

El observador comprobará como, con el brazo extendido, estiran sus diminutas manos repitiendo desacompasadamente el gesto que consiste en juntar y separar los dedos tras tocar la palma de la mano.

La cuestión es: ¿por qué se parecen tanto ambos ademanes?

La respuesta probablemente está relacionada con la temprana educación (guía) que damos a los pequeños que al encontrarse ante algo frente a lo que practican dicho aspaviento como intento de apropiación, sus más allegados les repiten aquello de:
–Dile adiós, dile adiós,- (mientras realizamos un gesto híbrido entre el del adulto y el del niño).
Quizá deberíamos dejar de preguntarnos en qué momento el hombre aprende a dar por perdidos o a abandonar sus sueños, ya que, quizá ese momento está ya en nuestra más tierna infancia.

Francis García Collado

domingo, 11 de noviembre de 2012

VERSOS INVERNALES

[...]
Todos los árboles están pelados
y desnudos y estiran sus ramas puntiagudas
en el aire gris, y los abrigos y las gorras
se revelan extraordinariamente útiles,
y las narices enrojecen por el frío
y los brazos y manos de los niños
pequeños se tornan morados, y los dedos
casi se congelan, y el pañuelo
se utiliza más que nunca.

Siempre me ha parecido bella la ingenuidad y sencillez de la poesía de Walser, y en concreto este Der Winter. Hace tiempo creí descubrir la razón por la que estos versos y no otros me hacían entrar en un cierto estado de dulce sopor. 

El recuerdo de mi infancia, las tardes de finales de otoño comiendo castañas con mis padres con la mirada clavada en ese bosque que era el parque que se veía desde la ventana del comedor. 

La indulgencia de mi madre que simulaba no verme cerrar las manos, sucias por el tizne tras haber pelado boniatos. El recuerdo de abotonarme el abrigo, y colocarme la camiseta bien adentro de los pantalones, y con sequedad en la boca tras tan enjuto manjar, me iba a caminar por el parque hasta las plantas más elevadas de ese montículo levantado en plena Barcelona. 

Allí, me desabrochaba el abrigo y me lavaba las manos en una fuente con fruición, como si de un ritual de ablución se tratara, mientras, el negro se cambiaba por el rubor que el frío sacaba a mis manos. Y, ya con la garganta seca me entregaba con los ojos cerrados al goce de sentir aquella agua que a borbotones acariciaba mis labios y me congelaba la boca mientras indómita se me colaba por el cuello del jersey. En ese momento ya podía envolverme de nuevo en el abrigo mientras secaba mi boca con su manga izquierda.

A mi alrededor, ni un alma. Nunca.

[...] Sí , sí, es amargo
el invierno, pero tras él
florece la esperanza de que no puede 
ser tan largo y de que algún 
día volverá la primavera y será
todo más cálido y agradable [...]
Walser, R. "El invierno". En: La habitación del poeta. Madrid: Siruela, 2005.

Eso me ha hecho entender que es lo que me atraía de esos versos: únicamente la promesa de la primavera puede hacer feliz a quien no vive instalado en el invierno.

Fui un niño al que no le preocupaba la soledad del invierno porque en esa estación, estar solo en un parque es lo más normal, y el posible anhelo de la primavera me entristecía con la baldía e inexistente promesa de dejar de estar solo; por eso siempre preferí el invierno. Pero quizá tampoco sea eso.

Tal vez sea la tristeza sobrevenida al leer los versos de Walser, ese hombre que terminó muriendo solo, paseando, bajo la nieve, en Navidad.

O a lo peor no sea más que ese desconsuelo que ataca a los hombres solos; y es que a Walser su muerte lo hizo inmortal, pero al resto, la muerte nos da lo más parecido a un estatuto de no-nacido: el olvido.



                                                                                                         Francis García Collado 





viernes, 9 de noviembre de 2012

EL JARDÍN ABANDONADO


Hay algo especial en adentrarse en un  bosque, en salirse  del camino  marcado, en abandonar los hitos y emprender la marcha hacia adelante apartando las ramas de un cada vez más frondoso entorno. 

Caminar con el pulso acelerado como un niño que se siente perseguido y que basa todo el éxito de su huída en no volver la vista atrás, en girar la cabeza a  la vez que cierra los ojos para convencerse de que no hay nada ni nadie que vaya a darle alcance. 

Seguir avanzando, perder la verticalidad por las pronunciadas pendientes hasta que la respiración cada vez más atropellada y el avance a tientas nos acerquen a nuestra primigenia animalidad antes de empezar a detenernos allí donde la vista nos ofrece una primera panorámica de un claro de bosque. Y sí, esperar, sentir el morboso sudor frío que recorre el espinazo al aminorar el paso y oir crepitar bajo los pies un amasijo de ramas y hojas secas que, en los espacios recónditos de la mente, se nos figuran como el paso definitivo de alguna criatura salvaje, que ahora sí, va a darnos caza.

¿Quién no se ha sentido libre al penetrar en el bosque tras haberse apartado de los senderos señalados en los mapas?

Lo que nos atrapa del bosque es su aspecto salvaje, la sensación de internarse en tierras y parajes indómitos, su bello caos, su naturaleza vigorosa, la sensación de vida desbordante… en definitiva, todo lo contrario que puede ofrecernos un jardín.

Los jardines son la muestra fehaciente del control, del sometimiento de la naturaleza al hombre. Las flores acercan a nuestras fosas nasales sus efluvios aromáticos mientras su colocación alineada muestra un desorden bien estudiado de colores brillantes. Los árboles y arbustos asemejan muros divisorios entre la naturaleza salvaje y la civilización, ora guardianes de largas lanzas ora elegantes acompañantes con levita.  

Esa muestra de civilización ausente en el bosque, cuya esencia se puede percibir en el jardín, es la que hace que exista algo mucho más sombrío que perderse en el bosque: moverse por un jardín abandonado.
Dado que el primero nos acerca a la vida en estado puro, y el otro, al abandono, a un despiadado desamparo; a la muerte.
Francis García Collado 

jueves, 8 de noviembre de 2012

POÉTICA PARADOJA

Leo: "La imaginación consume y agota cierto elemento de la realidad". STEVENS, W. Adagia. [210]

Bendita paradoja la del poeta ya que:


La realidad se enriquece con la imaginación, cuanto más lenguaje mayor es la ampliación de mundo.


¿Entonces? ¿Qué elemento de la realidad queda reducido por la imaginación? 


Deduzco que el poeta se refiere a la vida, al arrojo que nos impele a entregarnos a la experiencia, en ocasiones me olvido de que los hombres también podemos ser cerdos sin más, entregarnos a la vida sin articular palabra y es que ese vivir está sobrevalorado.


Pero bueno, la cuestión es que en ese sentido, la experiencia, la vida, no puede forma parte de la realidad, ya que el mero intento de recordar lo vivido necesita del lenguaje; recuerden lo que escribió Nietzsche:


"Tenemos el arte para no morir de la verdad",


¿quién iba a querer substituir el recurso a la imaginación por la nuda vida?


A la postre, resulta que la imaginación no agota ningún elemento de la realidad a menos que creamos en esencias imperecederas confundiendo el desierto de lo real por la subjetiva realidad... 


Por el contrario: debemos escoger entre la realidad o la vida, y claro, ¿han visto los tiempos que corren...?


Mejor que nadie nos diga aquello de que vivir refugiado en la imaginación es propio de tiempos de totalitarismo...


a menos que claro, la divina candidez nos lleve a pensar que vivimos en la democracia bancaria en el mejor de los mundos posibles.




                                                                                                             Francis García Collado

domingo, 4 de noviembre de 2012

¿(YO)?



Que el Yo (ese esbirro al servicio de las pasiones) se utiliza a su vez como idéal de moi, es algo que fácilmente podemos comprobar al interrogarnos tras haber pronunciado una frase del tipo:
–Yo no me enfado por esas cosas. –mientras enrojecemos de ira e inocentemente pensamos que nadie lo ha advertido).
O alguna otra sentencia del tipo:
–Yo no soy así pero… –mientras pretendemos justificar de ese modo diferentes actos que no queremos que sean puestos en la cuenta del haber de nuestro apócrifo Yo.
Y es que “Yo” simplemente no es. “Yo” es el eterno aplazado, algo así como la zanahoria que tira del asno. Y es que nuestra vida transcurre negando mediante frases párvulas a aquél que somos, mientras buscamos nuestra originalidad anclados a eso que los psicólogos llaman double bind. Ese proceso mental que hace que mientras nuestro yo se edifica en base al Otro nosotros nos sigamos empeñando en asegurar nuestra originalidad. Y es que deberíamos evocar el consabido verso de Rimbaud Je est un autre con el tempo lento y la majestad de un adagio para señalar la siguiente cuestión:
¿Saben?
El momento de máximo esplendor del “Yo”, su punto más lejano en el tiempo llega cuando ya no somos más que cadáver, cuando ya estamos acabados; los latinos lo sabían muy bien, cuando estamos perfectum.


                                                                                                                   Francis García Collado

sábado, 3 de noviembre de 2012

HABEAS CORPUS


Cristóbal Pera en su El cuerpo herido. Un diccionario filosófico de la cirugía nos define dos formas de muerte que los médicos pueden certificar legalmente en un gran número de países. La primera es la producida por un cese cardiorrespiratorio irreversible. La segunda es la muerte cerebral, guiada de manera artificial por cuidados intensivos.
Resulta curioso comprobar como a veces la vida y el derecho se encuentran más ligados de lo que uno podría llegar a imaginar. Por razones biológicas, la muerte cerebral no puede mantenerse durante más de 72 horas, el mismo lapso que las leyes otorgan a un detenido para ser puesto ante un juez que, de no haber suficientes pruebas acusatorias, ha de ponerlo en libertad. Pero aún más curioso es que precisamente durante el estado de muerte cerebral el paciente puede donar de manera útil sus órganos antes de que se produzca el paro cardíaco definitivo.
Parece que sólo así puede morir tranquilo el cuerpo, siendo soma, sin más, como bien sabían los antiguos griegos. En tanto que cuerpo muerto el cadáver es soma, dado que el vivo está insuflado de vida, de psijé. El cuerpo pide su derecho a desaparecer si no hay vida, y pone sus condiciones:
–Tienes 72 horas para dejar mi cuerpo libre.
Lo que en derecho se traduce en la recuperación de la libertad individual y la integridad personal, en términos médicos parece reclamar el descanso eterno.
¿Quién dijo que Heráclito era oscuro?

¿Acaso no fue él quien dijo “el arco (biós) tiene nombre de vida (bios) pero obra de muerte?
Cuando el cuerpo muere se reclama a sí mismo,
Habeas corpus.
Francis García Collado 

Papá Noel (I)

Ante los niños de las parroquias Papá Noel ha sido quemado en la explanada de la catedral de Dijon
Así titulaba el France Soir el 24 de diciembre de 1951 una noticia según podemos leer en el opúsculo de Claude Lévi-Strauss El suplicio de Papá Noel (Madrid:Taller de Mario Muchnik, 2001). El contenido puede resultar todavía más esclarecedor:
Papa Noel fue colgado en la tarde de ayer en las rejas de la catedral de Dijon, y quemado públicamente en la explanada. Esta ejecución tuvo lugar en presencia de varios cientos de niños de las parroquias. Había sido decidida con el acuerdo del clero, que había condenado a Papá Noel por usurpador y hereje (…).
Desde las Saturnales romanas, pasando por el demonio juguetón Julebok o el también escandinavo de apariencia bonachona, Joulupukki, (el más parecido a la imagen que estamos acostumbrados a tener de Papá Noel), entre muchos otros, este culto nos sitúa ante una de las tesis de Lévi-Strauss, según la cual, esa figura que trae regalos a los más pequeños, corresponde a un rito o pasaje de iniciación extendido en diferentes culturas cuya función práctica sería dar pábulo al orden y la obediencia custodiado por los mayores.

Lévi-Strauss relaciona las kachinas (una especie de muñecos decorados con plumas y de extremo colorido de apariencia infantil) de los indios pueblo con Papá Noel, ya que ambos son los encargados de recompensar las buenas acciones de los pequeños.
Lo que resulta más curioso de toda esta historia es que las Saturnales eran las fiestas de las larvae, de aquellos que han perdido su vida de forma violenta, del mismo modo que las kachinas de los indios pueblo, cuyo su nombre (qatsinas) significa “portadoras de vida”, según un mito, son las almas de los niños indígenas ahogados en un río en una época lejana de grandes migraciones, que cada año regresan a la vida entre los mortales para llevarse consigo algunos niños. La costumbre cesaría en el momento en el que los padres pactan con esas almas a cambio de que sean ellos quienes las representen. De ese modo, en virtud de este pacto de representación, los niños quedarán a salvo.
Así pues, los regalos nos acercan a la cuestión de la fragilidad de la condición humana y nos plantean un par de preguntas: ¿Son regalos a los vivos u ofrendas a los muertos? ¿Es desde el suplicio de Papá Noel que éste ha podido empezar a gozar de la inmortalidad a la cual únicamente pueden aspirar los muertos, convirtiéndose así en un personaje tan tenebroso como las kachinas pese a su rostro bonachón?

Tenebroso ¿no creen?

Como la sombría mirada de un payaso.
Francis García Collado