domingo, 11 de noviembre de 2012

VERSOS INVERNALES

[...]
Todos los árboles están pelados
y desnudos y estiran sus ramas puntiagudas
en el aire gris, y los abrigos y las gorras
se revelan extraordinariamente útiles,
y las narices enrojecen por el frío
y los brazos y manos de los niños
pequeños se tornan morados, y los dedos
casi se congelan, y el pañuelo
se utiliza más que nunca.

Siempre me ha parecido bella la ingenuidad y sencillez de la poesía de Walser, y en concreto este Der Winter. Hace tiempo creí descubrir la razón por la que estos versos y no otros me hacían entrar en un cierto estado de dulce sopor. 

El recuerdo de mi infancia, las tardes de finales de otoño comiendo castañas con mis padres con la mirada clavada en ese bosque que era el parque que se veía desde la ventana del comedor. 

La indulgencia de mi madre que simulaba no verme cerrar las manos, sucias por el tizne tras haber pelado boniatos. El recuerdo de abotonarme el abrigo, y colocarme la camiseta bien adentro de los pantalones, y con sequedad en la boca tras tan enjuto manjar, me iba a caminar por el parque hasta las plantas más elevadas de ese montículo levantado en plena Barcelona. 

Allí, me desabrochaba el abrigo y me lavaba las manos en una fuente con fruición, como si de un ritual de ablución se tratara, mientras, el negro se cambiaba por el rubor que el frío sacaba a mis manos. Y, ya con la garganta seca me entregaba con los ojos cerrados al goce de sentir aquella agua que a borbotones acariciaba mis labios y me congelaba la boca mientras indómita se me colaba por el cuello del jersey. En ese momento ya podía envolverme de nuevo en el abrigo mientras secaba mi boca con su manga izquierda.

A mi alrededor, ni un alma. Nunca.

[...] Sí , sí, es amargo
el invierno, pero tras él
florece la esperanza de que no puede 
ser tan largo y de que algún 
día volverá la primavera y será
todo más cálido y agradable [...]
Walser, R. "El invierno". En: La habitación del poeta. Madrid: Siruela, 2005.

Eso me ha hecho entender que es lo que me atraía de esos versos: únicamente la promesa de la primavera puede hacer feliz a quien no vive instalado en el invierno.

Fui un niño al que no le preocupaba la soledad del invierno porque en esa estación, estar solo en un parque es lo más normal, y el posible anhelo de la primavera me entristecía con la baldía e inexistente promesa de dejar de estar solo; por eso siempre preferí el invierno. Pero quizá tampoco sea eso.

Tal vez sea la tristeza sobrevenida al leer los versos de Walser, ese hombre que terminó muriendo solo, paseando, bajo la nieve, en Navidad.

O a lo peor no sea más que ese desconsuelo que ataca a los hombres solos; y es que a Walser su muerte lo hizo inmortal, pero al resto, la muerte nos da lo más parecido a un estatuto de no-nacido: el olvido.



                                                                                                         Francis García Collado 





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